Carta de amor a México y Puerto Rico

No ha sido una semana normal, esta semana de septiembre cambió la vida de millones de personas, personas que comparten una cultura con miles de millones más: la cultura latina.

Si estamos buscando respuestas con la típica pregunta de “¿por qué a nosotros?” no vamos a encontrar nada. Las respuestas hoy están en silencio, digiriéndose desde lo más profundo del ser.

En la tarde del martes, en mi hora de break del trabajo, leo un mensaje en mi teléfono: “fuerte terremoto en México”. Inmediatamente corro a Twitter. Lo primero que veo es el video de un edificio derrumbándose. Se me paran los pelos, no se qué hacer, me pongo nerviosa, esto me duele. Busco ver algo en la televisión. En los medios de aquí no están diciendo nada. Llega otro latina (dominicana) al break room, ella sabía, nos mostramos videos. Ella cambia el canal a Univision y finalmente, ahí, en español, podemos ver algunas imágenes de lo que está sucediendo. Estoy horrorizada, pensando que ahora mismo eso está pasando. Siento una milésima parte del miedo que los mexicanos están sitiendo en ese momento. Mis nervios se agitan, le escribo a mi familia, llamo a mi esposo. Todos estamos consternados. Es hora de volver al trabajo. ¿Cómo hago con mi preocupación?

Martes por la noche, Puerto Rico se alista para recibir el huracán más grande que ha vivido en más de 85 años. Muchos están indefensos o incrédulos. Mi esposo, puertorriqueño, llama a su papá, se mantiene en contacto con sus amigos. Vemos las noticias, no hay nada que hacer, el Huracán María va inminentemente a la isla maravillosa que hace poco más de un mes me regaló el día de mi boda, con un sol espectacular y una sonrisa en el alma, y en su gente. Mi esposo nervioso, no hay nada que hacer ya. Esperar.

Miércoles. Las predicciones se cumplen, María comienza a golpear al pueblo boricua desde la madrugada. Ya no tienen luz, ya no tienen agua. Empieza el ruido que describen como un tren yendo hacia ti. Yo no pude dormir nada. Entre el terremoto en México y lo que estaba por suceder en Puerto Rico, mi mente insiste en despertar a las 4 de la mañana y en seguida recurro a Twitter para saber más. Ya van por 20 las personas fallecidas en México. Es hora de ir a trabajar. ¿Con qué ganas?

Mientras prosigue el día, María va haciendo estragos en la isla querida. Llamo a mi esposo, está nervioso. Es todo lo que se había predecido y más. La devastación, ya para las 3 de la tarde, era total. Y seguía lloviendo, y los boricuas resistiendo. Sin luz, sin comunicación. Salgo del trabajo corriendo. Mi esposo me necesita, está muy preocupado. Mis boricuas me necesitan. Mi atención ahora se pone en rezar para que todos estén bien.

Durante la sucesión de estos hechos en México y Puerto Rico, no hago sino repertirme “estamos todos conectados, somos uno, esto nos está doliendo a todos, la naturaleza nos está hablando”. Voy a las redes sociales y encuentros reflexiones parecidas, mis amigos venezolanos piensan igual que yo y esto les está moviendo el alma, al igual que a mí. Dejamos de hablar de Venezuela y nos avocamos a retuitear y compartir información de ayuda para México y Puerto Rico. Enviamos mensajes de apoyo y preguntamos maneras de ayudar. No hemos sufrido una catástrofe natural, sino una humana. Pero sabemos que el apoyo entre hermanos latinos es lo que te mantiene de pie.

México estoy contigo, Puerto Rico estoy contigo. Me tiene maravillada la fuerza con la que han surgido desde los escombros, desde las inundaciones. Veo reportajes de boricuas sonriendo mientras hacen fila para comprar gasolina. Veo la devastación, su isla no es la misma de ayer, tiene otro paisaje, le quitaron las hojas a sus arboles, pero no le han quitado sus sonrisas. Los boricuas siguen con su calor humano intacto, con su sonrisa intacta. Los reporteros en las calles se abrazan con las personas afectadas.

Ya van más de 300 fallecidos en México. La respuesta de los mexicanos ha sido increíble. Los voluntarios se han multiplicado. La ayuda no ha parado, la solidaridad se observa en todos lados, viene de todos lados. La gente no para de buscar entre escombros, picos al hombro, la labor es ardua y aún hay esperanza de vida. No la pierden, saben que vale la pena hasta arriesgar su vida misma por la vida de otro compatriota, de otro hermano mexicano. Deben seguir vivos muchos, y mientras haya amor, hay vida.

La constante de la FE en ambos países es la que me derrama las lágrimas cada vez que veo a un puertorriqueño o mexicano dar las gracias a Dios y a la Virgen por estar vivos. Hay videos de personas durante el terremoto rezando, aferrados a sus oraciones. Cuando uno ve que ese puede ser su final, en lo primero que piensa es en Dios, en esa creencia de que si vives será gracias a él y que si mueres, te irás con él. Entonces no tienes nada que temer. No es religión, es espiritualidad, y al final, eso es lo que nos queda, porque de eso estamos hechos.

Habrán personas a las que estas dos tragedias paralelas en dos países hermanos no les haga ni “coquito” (como decimos en Venezuela). Pero habrá otras, a las que se le pase por la mente, quizás, que esto pueda ser un antes y un después, porque para nuestros hermanos mexicanos y puertoriqueños asi va a ser. Y los demás tenemos que acompañarlos en esta reconstrucción que comienza desde el alma.

Por ahora son preguntas, preguntas que quizás nos llevan a una reflexión mayor. ¿Qué nos estarán diciendo? ¿qué debemos aprender de todo esto?

No me queda duda, nuestra comunidad latinoamericana debe unirse más. A mi me duele mi gente, que pase en cualquier parte del mundo me duele. Pero que le pase a mi gente, desde Argentina hasta México me devasta. Los latinoamericanos tenemos un rol muy importante que cumplir como cultura en este planeta. Estamos llamados a repartir ese calor humano que nos caracteriza, esa fe, esa resiliencia y esa convicción. El Gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, lo dijo: “en Puerto Rico, estamos acostumbrados a ser resilientes, y nos vamos a levantar”. Y en México lo dicen hasta cantando todos los días desde el terremoto: “canta y no llores”.

Y la canción que yo le pongo de fondo a esta semana es “Gracias a la vida”, cantada por otra grande latinoamericana: Mercedes Sosa. No he dejado de escucharla y es la que me da ánimo. Anoche me acosté pensando en México y hoy me desperté pensando en Puerto Rico, en maneras de ayudar y cómo apoyar. Necesitaba escribles primero, para decirles lo mucho que los admiro y lo orgullosa que estoy de ustedes.

Sigamos unidos, no están solos, aquí estamos. Fuerza Puerto Rico, fuerza México.

Los amo.

(Lo siento, perdón, gracias, te amo).

Amanda Rezende

Foto: Univision

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